La democracia líquida es un modelo que combina elementos de la democracia directa y la representativa, utilizando la tecnología (internet y plataformas digitales) para permitir una participación flexible y constante de los ciudadanos.
Algunos de los rasgos diferenciadores de la democracia líquida son, por ejemplo, el hecho de que el voto sea directo y delegable. Cada ciudadano tiene la opción de votar directamente sobre cada decisión o propuesta. Si decide no hacerlo (por falta de tiempo, interés o conocimiento sobre un tema), puede delegar su voto en otra persona, que puede ser un experto en la materia, un amigo o una organización de su confianza. Además, la decisión tomada en un voto puede cambiase, debido a la flexibilidad total. La delegación del voto no es permanente. El ciudadano puede recuperar su voto en cualquier momento para participar directamente en una votación específica si así lo desea. Por otro lado, existe la representación fluida, esto es, a diferencia de la democracia representativa tradicional, donde se elige a representantes por un periodo fijo (por ejemplo, 4 años), en la democracia líquida los «representantes» solo ejercen el voto delegado para aquellos temas en los que se les ha otorgado poder, sin olvidar que cualquiera puede ser representante simplemente haciendo público el sentido de su voto. Y por último, el uso de la tecnología. La democracia líquida funciona principalmente a través de plataformas digitales que permiten una votación segura y una gestión de la delegación de voto en tiempo real.
La democracia líquida busca maximizar la implicación ciudadana, permitiendo a cada persona decidir su nivel de participación en cada tema y fomentando una representación basada en la experiencia y la confianza, no en la afiliación a un partido político fijo.
¿Y los jóvenes, qué opinamos sobre la democracia?
La relación actual de los jóvenes con la democracia es algo compleja.
Los jóvenes no rechazamos totalmente la democracia, sino que estamos interesados en transformarla: queremos participar, pero de otra forma.
Por un lado, sentimos desinterés o desconfianza hacia la política tradicional. Muchos percibimos que los partidos políticos no representan nuestras preocupaciones reales o que las decisiones importantes se toman lejos de nosotros.
Un ejemplo de ello es la alta tasa de abstención entre los menores de 30 años o los habituales comentarios de “todos los políticos son iguales” o “si da igual, mi voto no cambia nada”.
Sin embargo, por otro lado, no queremos ser sujetos pasivos. Al contrario, estamos fuertemente implicados en causas sociales concretas, especialmente aquellas que afectan directamente a nuestro futuro o a la justicia social, ¿recordáis nuestra reacción durante la riada de Valencia o nuestra implicación en movimientos para cuidar el medioambiente o para conseguir la igualdad real entre hombres y mujeres? ¿Qué hay de nuestro compromiso con el respeto por la diversidad sexual, racial o cultural?
Lo que necesitamos y solicitamos son formas de participación más directas e inmediatas, frente a las tradicionales.
Queremos que nuestra opinión sea valorada, queremos ser escuchados y tenidos en cuenta, de manera continua, no solo en momentos puntuales, como en las campañas electorales.
Proponemos canales como las comunidades digitales, donde podamos intercambiar opiniones, crear debates, discutir temas que afecten a la sociedad y poder proponer soluciones que sean tenidas en cuenta.
En el fondo, muchos jóvenes no rechazamos la democracia como sistema, sino que sentimos que la democracia representativa actual se nos ha quedado corta y buscamos modelos más participativos, transparentes y cercanos a nuestra realidad.
Ivan Dominguez, Oliver Ian Gonzalez, Agustin Oliva, Carlos Gonzalez, Guadalupe Castuera, Nizar Aziz